Espaldas por el mundo
Caminar solo por el monte tiene algo que no consigo dentro de la consulta.
El cuerpo se mueve, pero la cabeza va un poco más libre. Es ahí donde muchas veces se ordenan ideas, se conectan puntos y aparecen reflexiones que, en mitad del día a día, pasan desapercibidas.
Hoy, mientras avanzaba entre senderos, pensaba en este último año.
Un año intenso.
Un año de expansión.
Un año en el que la consulta dejó de ser solo España para empezar a tener acento de otros lugares: México, Colombia, Chile, Costa Rica, Guatemala, Estados Unidos, Austria… y seguro que alguno más que ahora mismo no me viene a la cabeza.
Personas separadas por miles de kilómetros.
Culturas distintas.
Horarios distintos.
Vidas muy diferentes.
Y, sin embargo, el mismo problema.
La misma espalda.
El mismo tipo de dolor.
Los mismos patrones que se repiten una y otra vez.
Mientras caminaba, me vino a la cabeza una frase que escucho con frecuencia en consulta, dicha con distintos acentos pero con el mismo fondo:
—“Juanma, no entiendo por qué me ha pasado esto si yo hago deporte.”
Y ahí está una de las claves.
Cuando ves pacientes en países tan distintos y todos presentan lesiones muy similares, la reflexión es inevitable:
algo, a nivel global, no se está haciendo bien.
No es una cuestión individual.
Es una cuestión de estilo de vida.
Sabemos desde hace tiempo que no estamos usando el cuerpo acorde a aquello para lo que fue diseñado. Y cualquier persona que haya trabajado con maquinaria lo entiende rápido: cuando utilizas un sistema para algo distinto de su función original, antes o después, se estropea.
El cuerpo humano no es una excepción.
Lo que me llama especialmente la atención no es solo el desequilibrio en sí, sino lo mucho que cuesta entender por qué se ha producido. Muchas veces, incluso después de explicarlo, aparece otra frase habitual:
—“Pero si todo el mundo corre…”
—“Si todo el mundo juega al pádel…”
—“Si yo hago lo mismo que mis amigos…”
Y aquí aparece otro mito muy arraigado: pensar que hacer deporte, por el simple hecho de hacerlo, protege frente a las lesiones.
La realidad clínica que vemos cada día dice otra cosa.
La mayoría de personas no tienen el cuerpo preparado para la actividad física que realizan.
Ni a nivel mecánico.
Ni a nivel estructural.
Ni a nivel de control.
Se lanzan a correr, a jugar, a entrenar e incluso a trabajar, sin haber preparado previamente el sistema que va a recibir esa carga. Y cuando el cuerpo empieza a avisar, el mensaje suele llegar tarde y en forma de dolor.
Por eso, durante este último año, decidimos dar un paso más allá del tratamiento en sí.
No solo trabajar la lesión, sino trabajar la comprensión.
Con los pacientes en proceso y también con aquellos que ya han finalizado tratamiento pero siguen dentro de nuestra comunidad, empezamos a implementar acciones muy concretas: espacios de reflexión, explicaciones sencillas pero profundas sobre cómo funciona el cuerpo a nivel mecánico, por qué se generan estas lesiones y qué papel tiene cada persona en su propio proceso.
Recuerdo perfectamente pensamientos que se me cruzan por la cabeza después de algunas sesiones:
—“Ahora lo entiendo.”
—“Nunca nadie me lo había explicado así.”
—“Pensaba que mi cuerpo estaba acabado para siempre.”
Y ese es, probablemente, uno de los mayores aprendizajes de este año.
Más allá de combatir el dolor, lo verdaderamente importante ha sido ayudar a cientos de personas a entender qué les ocurría y por qué les ocurría. Darles herramientas para corregir el problema que se había generado y, sobre todo, para no volver a repetirlo.
No se trata solo de arreglar una espalda.
Se trata de que la persona vuelva a ser dueña de su cuerpo.
De que entienda sus límites, sus necesidades y sus señales.
De que no dependa eternamente de un profesional.
De que pueda vivir, moverse y decidir con criterio.
Mientras seguía caminando por el monte, pensé que, quizá, ese es el verdadero hilo conductor de espaldas por el mundo: no importa el país, el idioma o la distancia. Cuando los patrones se repiten, el problema es global. Y la solución pasa por algo tan poco espectacular como poderoso: conocimiento, coherencia y responsabilidad.
Porque cuando un proceso termina y alguien se va sabiendo qué le pasó, por qué le pasó y qué tiene que hacer para no volver al mismo punto, entonces el tratamiento ha cumplido su función.
El resto es ruido.

.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario